
Diez años después de mi primera lectura, he vuelto a releer EL ETERNAUTA en la edición de Norma. Igual que entonces, casualidad o no, lo he leído en la cama pasando una gripe. Igual que entonces, he leído sus más de trescientas cincuenta páginas prácticamente del tirón, en dos tacadas y media. Hay algo abrumador en este cómic, que te aplasta con el peso de esas raras obras tocadas por la gracia divina, que parecen poseídas por un espíritu superior que se manifestó a través de los autores. Volver a las páginas de EL ETERNAUTA es comprender perfectamente por qué es una obra mitificada por varias generaciones de lectores, que se sigue reeditando y leyendo. Es también una demostración de por qué ese algo que llamamos talento, a falta de un nombre mejor, puede imponerse con fuerza devastadora por encima de la técnica y de los manuales sobre cómo "hacer bien" las cosas. Porque, sinceramente, hacer reproches de técnica narrativa a esta obra es cogérsela con papel de fumar, tal es su fuerza, el poder de su inspiración. Y eso que tales reproches se pueden hacer justificadamente, porque no fue una obra parida en la mejor de las condiciones, ni mucho menos planificada o meditada con minuciosidad.
EL ETERNAUTA fue escrita a salto de mata por Hector Germán Oesterheld (1919-1978), en entregas semanales publicadas entre 1957 y 1959 en la revista argentina Hora Cero Semanal. La escribió sin saber mucho sobre los derroteros que tomaría la historia más allá de unas ideas generales, tomando de aquí y de allá, de las novelas populares y de la ciencia ficción más pulp, utilizando todo tipo de artimañas narrativas para mantener un imposible crescendo sostenido a través de cientos de páginas de Aventura, con mayúsculas.

Por su parte, el trabajo del dibujante Francisco Solano López (Buenos Aires, 1928) resulta también un perfecto ejemplo de por qué es imposible entender, ni valorar, el dibujo de un cómic sin haberlo leído. No son pocos los lectores que ponen reparos de entrada a esta obra cuando hojean sus páginas porque el dibujo les parece "feo", anticuado e incluso grotesco. Pero sólo cuando se lee se comprende que sin el estilo de Solano López este tebeo no sería lo que es, y que su dibujo contribuye en gran medida a transmitir la principal esencia de la obra, porque bajo la luz de su pincel todo se ve más angustioso y desesperado. Esa esencia de la obra, por cierto, es la que le otorga su alcance universal y la eleva a la condición de clásico. La indomable voluntad de ser, de existir, propia del ser humano y en general de toda forma de vida.