Una vez más, Spielberg divide a la crítica. Como algunos grandes nombres del cine que no recibieron en vida todo el reconocimiento que se merecían (Hitchcock como paradigma), Spielberg comparte con ellos dos cosas: el talento y, sobre todo, el "pecado" de disfrutar de un enorme éxito comercial. Bajo mi punto de vista, Spielberg (Cincinatti, Ohio, 1946), que probablemente no ha hecho (casi) ninguna obra perfecta en su vida, ni falta que le hace, sí ha firmado algunas de las mejores películas salidas de la industria norteamericana de las tres últimas décadas. Que haya gente que le tiene manía no me extraña: es judío, estadounidense y rico, algo que en estos tiempos no te convierte precisamente en el chico más popular de la clase. Lo que sí me sorprende más es que algunos críticos despachen sus propuestas con etiquetas tan tópicas como simplificadoras, juzgando a menudo sus intenciones con parámetros de otros tipos de cine que no le corresponden. "Superficial", "su mirada es la del adolescente eterno", "blando", "el conservadurismo típico de Spielberg" y otros ejemplos similares de rigor en la adjetivación, reveladores de cuán exigente puede ser el rasero para determinados autores, pero no para otros... especialmente si se trata de películas europeas de lo más mediocre (BUENOS DÍAS, NOCHE, sobre el secuestro y asesinato de Aldo Moro).
Pero vamos a lo que vamos. MUNICH, claro, el nuevo film de Spielberg. Para mi gusto, el thriller más sucio, oscuro y perturbador que he visto en varios años, y cuyas sensaciones arrastro en la memoria desde hace más de una semana. ¿Alguien dijo película política? En todo caso thriller político, para ser más exactos, incardinado en una concreta tradición del cine norteamericano que, no por casualidad, estuvo en boga en los años sesenta y setenta. Hay un doble planteamiento en dicha tradición: argumentalmente, se trata de películas de acción y aventuras y sobre éstas se construye básicamente la historia; temáticamente, hay un interés por abordar determinados conflictos políticos que en realidad son más humanos -éticos y universales- que otra cosa: en otras palabras, más estructurales que coyunturales. Desde este punto de vista, MUNICH tiene más que ver con determinados thrillers de Fred Zinnemann, Sidney Pollack o John Frankenheimer, pienso, que con el cine político de Costa-Gavras, director por otra parte de películas tan memorables como MISSING.
Desde ese punto de vista, personalmente no entiendo algunas acusaciones de superficialidad que he leído sobre MUNICH, que me parecen tienen más que ver con lo que se esperaba de ella que lo que realmente es. Que si le falta complejidad y que no hay profundidad en la reflexión político-social (¿acaso hacen falta más escenas con diálogos sesudos, discursivos y explícitos para darle "complejidad"? ¿Hace falta que el argumento de la historia se complique en aras de mostrar una visión más documentada y realista del asunto? ¿Todos los personajes tienen que ser inteligentísimos... como en la vida misma "lo son"? Yo diría que no), que si todos los hechos están demasiado idealizados (especialmente, y esto ha levantado ciertas ampollas, los que atañen a los personajes del equipo de venganza del Mossad), que si se inventan muchas cosas... Pues claro, es un thriller "inspirado en hechos reales", no es un documental, todo está muy dramatizado y sublimado, y algunas escenas han sido concebidas más en clave metafórica que otra cosa. Verbigracia, el encuentro fortuito entre los dos bandos de esta guerra, obligados a "compartir el piso" de Beirut, o el almuerzo con la familia mafiosa en la campiña parisina, donde el subtexto de todos los diálogos nos remite a conceptos como el de patria o a la historia reciente de Europa, desde la II Guerra Mundial hasta mayo del 68. Pero el que una película no sea fiel a los hechos que relata no quiere decir que no sea capaz de capturar la esencia de tales hechos.
Pasaré de puntillas sobre lo obvio: la espectacular dirección de Spielberg, una puesta al día con mucha personalidad y estilo del lenguaje del cine comercial estadounidense de los setenta, por otra parte tan influido entonces por la nouvelle vague; el guión de Tony Kushner y Eric Roth, bien estructurado y con unos diálogos, en general, secos y poco discursivos, con bastantes escenas brillantes, como el comienzo elíptico y atropellado o el poderoso cierre final, aunque algo repetitivo o incluso tópico en otros momentos, como el parlamento del palestino sobre su causa; la dirección artística, asombrosa, que recrea la época setentera evitando el tipismo en aras de una verosimilitud sin apenas clichés. Como en todo buen thriller que se precie, hay escenas de suspense y violencia (muy cruda, se trata de mostrar las consecuencias de la violencia real), pero también alguna escena costumbrista que no recuerdo haber visto nunca en el cine estadounidense: manda huevos que tenga que ser el "mojigato" Spielberg quien, a estas alturas del puritanismo, venga a filmar un polvo con una mujer embarazada...
Sin embargo, la película no siempre da en el clavo. Personalmente, la estructura de insertos en flashbacks (tres al menos, que yo recuerde) sobre los detalles del atentado de Munich, aunque impresionantes, entorpece a veces la acción principal, además de subrayar innecesariamente -y al final ya a destiempo- las motivaciones de los vengadores israelíes. Y en una escena muy concreta (el último inserto sobre Munich, mientras Avner/ Eric Bana se acuesta con su mujer) la metáfora resulta de una obviedad hortera, subrayada para más inri con un ralentí "sudoroso" del que no puedo olvidarme por mucho que lo intente. Por otro lado, no siempre nos creemos las dudas morales de los ejecutores del Mossad, y el último tercio de la película no está a la altura de los dos primeros: a veces se notan los cortes en el metraje, hay un cierto apresuramiento, no nos terminamos de tragar la caída de Avner. Claro que no perdonar tres o cuatro cosas en una película que ofrece tantas otras, cuando en la mayoría de películas que se estrenan, sean americanas o europeas, sólo hay tres o cuatro cosas salvables...
Volviendo a donde empecé, creo que en MUNICH hay menos pretensión de realismo -o al menos de realismo entendido en clave europea o, para entendernos, a lo Costa-Gavras- que de simbolismo y de sublimación de ideas para conseguir transmitir, antes que los hechos reales, la esencia de esos hechos: los conflictos humanos, universales y éticos, en presencia. Es un estilo deudor del principal maestro confesado de Spielberg (David Lean, por supuesto), donde los personajes son arquetípicos, aunque no por ello -o precisamente por eso- menos humanos. Y si hay alguna palabra que define a todos los personajes de MUNICH, es de la de humanos, en todo el sentido de la expresión: israelíes, palestinos, estadounidenses y rusos, quienes también tienen su pequeño papel fantasmal e interesado. Unos personajes que se definen mediante detalles más alegóricos que literales: Avner y su ausencia del padre idealizado junto a la falta de raíces, su mujer y el hogar que ésta representa, el retorno a la diáspora como solución finalmente elegida por Avner para rehacer su vida... porque la pregunta está sugerida en las escenas finales de la película, y quien no la ha visto es porque no ha querido verla: ¿merece la pena tener una patria a ese precio? El mismo dilema moral, obvio es decirlo, no sólo es aplicable a Israel. Más símbolos arquetípicos: en el "NO" final que le responde el estadista pragmático del Mossad (Effrain/Rush) al ofrecimiento de Avner de compartir el pan como manda la tradición judía en su nuevo hogar de Nueva York, he querido ver (además de la diferencia de motivaciones de ambos personajes, y de dar a entender que Effrain, el sionista, toma ya a Avner, el judío que ha vuelto a la diáspora, como un "traidor a la patria"), un elemento universal propio de la tradición de héroes-guerreros a los que pertenece Avner, que son elegidos para hacer el trabajo sucio de la tribu y que, una vez cumplida la tarea de sacar la basura, acaban solos y repudiados por sus paisanos: el plano final de CENTAUROS DEL DESIERTO de John Ford como paradigma.
"SEPTIEMBRE" NEGRO
Spielberg, como fabulador romántico que es, ha firmado una película que en verdad no trata de hechos pasados: más bien sublima un pasado para hablar de la realidad actual. No por casualidad, la última escena de MUNICH, con el skyline de Manhattan aún intacto al fondo, sugiere que hagamos la lectura del film desde el presente, y no desde el pasado que recrea, a diferencia de lo que probablemente hubiera hecho un director con pretensiones de realismo o de historiador. Spielberg no es ni una cosa ni otra, y por eso no ha filmado un seudo documental histórico, sino una parábola ética que habla más de nuestro mundo que de 1972. Y ofrece además una conclusión, la que aprende Avner, que no pasa precisamente por "conservar" la línea de actuación (la "solución" dada al conflicto ético, tan antigua y sangrienta como el mismo hombre) por la que se optó entonces... y ahora.
Porque la década de los setenta, Spielberg lo sabe bien y ha querido recordárnoslo, se parece políticamente a nuestro hoy mucho más de lo que pensamos. Atentado terrorista que horripila al mundo, venganza ejecutada por un Estado al margen de las leyes, espiral ascendente de violencia en una escalada cada vez más brutal, daños colaterales cada vez mayores que pasan siempre por víctimas inocentes y por la destrucción de las sociedades, empezando por los valores que las sustentan. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
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( Otra visión del asunto).
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ACTUALIZACIÓN
(Otra opinión más. Gracias, Pesi).
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Y dos enlaces más con artículos de Informativos Telecinco recordando los hechos reales.