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miércoles, noviembre 28, 2007

ADÁN

En Las Olivas Negras puse en escena personajes que recordaban físicamente a mis amigos, pero no por el gusto de hacer pequeños chistes privados de que alguien pueda reconocer a Blain o Guibert, sino porque hacerlos personas reales me inspira personajes más ricos y creíbles.

--Joann Sfar, entrevistado por Hugues Dayez en 2002, citado por Bart Beaty en UNPOPULAR CULTURE: TRANSFORMING THE EUROPEAN COMIC BOOKS IN THE 1990s.


El segundo tomo de LAS OLIVAS NEGRAS, ADÁN HARISHON, mantiene el tono y pulso narrativo del primero, con algunas novedades propias de su guionista Joann Sfar (Niza, 1971), siempre dispuesto a sorprender al lector. En esta ocasión da una curiosa e intrigante vuelta de tuerca al mito adánico al presentar a un ermitaño de aspecto decrépito que dice llamarse Adán, afirma ser el primer hombre y le habla a serpientes del desierto que le obedecen. Queremos saber más de este personaje, ya veremos si vuelve en el tercer volumen, será en NO COMERÁS EL CABRITO EN LA LECHE DE SU MADRE. De momento, en esta segunda entrega vuelve a haber sitio para el humor y las escenas de picaresca, pero también para las referencias religiosas hebreas; por algo todo sucede en las inmediaciones de la Jerusalén ocupada por los romanos. El dibujante Emmanuel Guibert (París, 1964), por su parte, continúa la senda del primer álbum y profundiza en su actualización de la "línea clara" adecuándola a registros más realistas, aunque, me parece, sin renunciar a cierto punto mítico que aporta la depuración extrema de su línea y la escasez de elementos que dibuja en las viñetas. Su economía gráfica -y en consonancia con ella, la reducida paleta de colores planos de Walter- parece muy adecuada a esta historia que transcurre en el desierto y que flota en esa especie de limbo de realismo mágico a lo Sfar.

Hablando de los amigos de Sfar, el calvito de la página de abajo (sacada del volumen 2 de LAS OLIVAS NEGRAS) es una caricatura de Lewis Trondheim.


domingo, octubre 21, 2007

SILLAS DE MONTAR CALIENTES

El Lejano Oeste americano es un territorio que se sitúa mucho más allá de unas determinadas coordenadas espacio-temporales. La construcción de su leyenda, cimentada sobre la violencia y la aventura, ha sido una tarea llevada a cabo por numerosos artistas que han conseguido convertir al Lejano Oeste en un estado emocional repleto de símbolos universales, cuyos límites están muy lejos del Río Pecos.

Así, el Oeste de John Ford no es exactamente el mismo que el de Sergio Leone. El de Sam Peckinpah no tiene mucho que ver con el de Howard Hawks. Es improbable ver a Blueberry y Lucky Luke cabalgando juntos. Sin embargo, aún con sus diferencias, hay códigos que se mantienen inalterables: la pistola tiene siempre la última palabra.

El Lejano Oeste es el lugar elegido por el francés Christophe Blain (Argentuil, 1970) para desarrollar la acción de su último tebeo publicado en España, Gus (de la mano de Norma Editorial), primer álbum de una serie que aún continúa desarrollándose en su país de origen. Blain es una de las tres patas que componen el trípode de lo que muchos críticos ya consideran la Nouvelle Bande Desinée (en un poco imaginativo remedo de la Nouvelle Vague cinematográfica); las otras dos serían Joann Sfar (Niza, 1971) y Lewis Trondheim (Fointanebleu, 1964). Considerados como artífices de una revolución dentro del cómic francés, espíritus libres alejados de los convencionalismos, lo cierto es que ninguno de los tres renuncia a lo convencional para construir sus obras, más bien se nutren de ello.
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Pablo Ríos, en Málaga Hoy. Sigue leyendo