lunes, diciembre 22, 2008

DIOSES, MITOS (II)

Un mundo crece a mi alrededor. ¿Le doy yo forma, o son sus contornos predeterminados los que guían mi mano?

(...) Quizás el mundo no está creado. Quizás nada lo esté. Quizás todo ha sido, es y será siempre...

un reloj sin artífice.


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-¿Estás bien?

-¡Claro que no! (...) Toda mi vida es una mentira. Estúpida, insignificante.. oh mierda...

-No creo que tu vida sea insignificante.

-Oh, no, claro. Tenías que decirlo porque cualquier cosa me la creeré como una estúpida. Pero sé que no estás de acuerdo conmigo, y...
ah...
¿verdad?

-No.

-Has estado diciendo que la vida es insignificante. ¿Cómo puedes ahora...?

-Cambié de opinión.

-¿Por qué?

-Milagros termodinámicos... son tan raros que parecen imposibles, como que el oxígeno se convierta espontáneamente en oro. Hace tiempo que quiero ver algo así.
En cada apareamiento humano, un millón de espermatozoides luchan por un solo óvulo. Multiplica esa probabilidad por las infinitas generaciones, contra las posibilidades de que tus ancestros vivieran, se encontraran y engendraran esta hija...
...hasta que tu madre ama a un hombre al que tiene toda la razón de odiar. Y de esa unión, de los millones de niños que compiten por la fertilización, eres tú, sólo tú, la que emergió.
Destilar esa forma tan específica de ese caos de improbabilidad, es como transformar el aire en oro...
una de las mayores improbabilidades.
El milagro termodinámico.

-Si mi nacimiento, si es eso es un milagro termodinámico... ¡Podrías decir eso de cualquier persona en el mundo!

-Sí.
Cualquiera en el mundo.
...Pero el mundo está tan lleno de personas que lo convierten en rutina y lo olvidamos...
...lo olvidé.

Miramos continuamente el mundo y eso nubla nuestras percepciones. Pero visto desde otra perspectiva, como si fuera nuevo, puede aún asombrarnos.

Ven... seca tus ojos, porque eres vida, más rara que un quark e impredecible. Más allá de los sueños de Heinsenberg, la arcilla en que las fuerzas que modelan las cosas dejan sus huellas.

Seca tus ojos...

...y vamos a casa.

--"Hasta donde podemos discernir, el único propósito de la existencia humana es encender una luz en la oscuridad del mero ser" Carl G. Jung, RECUERDOS, SUEÑOS, PENSAMIENTOS.



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EL RELOJERO


Todo lo anterior procede del capítulo IV de WATCHMEN, concretamente del monólogo interior del Dr. Manhattan, y también de los diálogos entre el Dr. Manhattan y Laurie Juspeczyk de las tres páginas finales del capítulo IX de WATCHMEN, incluyendo la cita final de Jung. Guión de Alan Moore (dibujos de Dave Gibbons), 1986-1987.

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Visité los indios de Nuevo México, y concretamente a los pueblos indios constructores de ciudades. (...) Allí tuve por primera vez la suerte de hablar con un no europeo, es decir, con un hombre no blanco. Era un cacique del pueblo Tao, un hombre inteligente entre cuarenta y cincuenta años. Se llamaba Ochwiä Biano (Lago de montaña). Pude hablar con él de un modo como raramente he hablado con un europeo. (...) "Mira", decía Ochwiä Biano, "lo crueles que parecen los blancos. Sus labios son finos, su nariz puntiaguda, sus rostros desfigurados y surcados de arrugas, sus ojos tienen duro mirar, siempre buscan algo. ¿Qué buscan? Los blancos siempre quieren algo, están inquietos y desasosegados. No sabemos lo que quieren. No les comprendemos. Creemos que están locos."
Le pregunté que por qué creía que todos los blancos están locos.
Me respondió: "Dicen que piensan con la cabeza."
"¡Pues claro! ¿Con qué piensas tú?", le pregunté.
"Nosotros pensamos aquí", dijo señalando su corazón. Quedé sumido en largas reflexiones. Por vez primera me pareció que alguien me había trazado un retrato del auténtico hombre blanco. Era como si hasta entonces sólo hubiera recibido impresiones teñidas de sentimentalismo. Este indio había acertado nuestro punto vulnerable y señalado algo para lo que somos ciegos. (...) Todavía algo más de lo que me dijo Ochwiä Biano se me grabó en la memoria. (...) Por ello le pregunté: "¿Creéis que lo que hacéis en vuestra religión es bueno para todo el mundo?" Respondió apasionadamente: "Naturalmente, ¿si no lo hiciéramos, qué sería del mundo?" Y con un gesto lleno de significado señaló al sol. Sentí que llegábamos a un terreno muy espinoso que lindaba con los misterios de la raza. "Nosotros somos un pueblo", dijo, "que vive en el techo del mundo, somos los hijos del padre sol, y con nuestra religión ayudamos diariamente a nuestro padre a recorrer el cielo. No lo hacemos sólo para nosotros, sino para todo el mundo. Si no pudiéramos ejercer más nuestra religión, no saldría el sol ya más en diez años. Entonces sería siempre de noche". Entonces comprendí en qué consistía la "dignidad" de aquel pueblo, la serena naturalidad del individuo: es el hijo del sol, su vida tiene un sentido cosmológico, ayuda a su padre y mantenedor de toda vida en su salida y ocaso diarios. Comparemos con ellos nuestra automotivación, nuestro sentido de vida que nos formula la razón, y con ello no podemos menos que sentirnos impresionados por nuestra miseria. Por mera envidia tenemos que reírnos de la ingenuidad de los indios y mostrarnos orgullosos de nuestra inteligencia para no descubrir cuán empobrecidos y rebajados estamos.

(...) Desde Nairobi visitamos, en un pequeño Ford, los Athi Plains, un gran coto de caza. Sobre una baja colina en esta amplia sabana nos esperaba un panorama sin igual. Hasta el más alejado horizonte se veían enormes manadas de animales: gacelas, antílopes, ñus, cebras, jabalíes, etc. En lento tropel, paciendo, inclinadas las cabezas, se movían las manadas, apenas se oía el melancólico chillar de un ave de presa. Era el silencio del eterno principio, el mundo tal como siempre había sido, en el estado del no-ser; pues hasta hace poco no existía nadie que supiese que se trataba de "este mundo". Me separé de mis acompañantes hasta que ya no les vi y tuve la sensación de estar solo. Ahora era el primer hombre que reconocía que esto era el mundo y que mediante su saber sólo en este instante lo creó.
Aquí vi asombrosamente claro el significado cósmico de la conciencia. "Quod natura relinquit imperfectum, ars perficit" (Lo que la naturaleza deja imperfecto, lo perfecciona el arte), se dice en la Alquimia. El hombre, yo, dio al mundo, en un acto creador imperceptible, el último toque nada más, el ser objetivo. Se ha atribuido este acto sólo al creador y sin meditar que de este modo vemos la vida y el ser como una máquina proyectada hasta en sus mínimos detalles, que sigue su marcha absurdamente, junto con la psiquis humana, según reglas preconocidas y predeterminadas. En semejante fantasía despiadada de relojero no existe ningún drama de hombre, mundo y Dios; ningún "nuevo día" que conduzca a "nuevas orillas" sino sólo al desierto de término precalculado. Mi viejo amigo-Pueblo [el indio Ochwiä Biano] me vino a la mente: él creía que la
raison d'être de su Pueblo consistía en la misión de ayudar diariamente a su padre, el dios Sol, a recorrer el cielo. Yo le envidié por este alarde de sensatez y busqué sin esperanza nuestro propio mito. Ahora lo sabía y todavía más: el hombre es imprescindible para dar un último toque a la creación, pues ciertamente es el segundo creador del mundo, que da al mundo el ser objetivo, que sin ello transcurriría inadvertido, desapercibido, silencioso, comiendo, pariendo, muriendo, inclinando la cabeza a través de cientos de millones de años en la más profunda noche del no-ser, hacia un indeterminado fin. La consciencia humana ha creado el ser objetivo y su significado y mediante ello ha hallado el hombre su puesto imprescindible en el gran proceso del ser.

--Carl G. Jung, RECUERDOS, SUEÑOS, PENSAMIENTOS (1961)

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