“Surgió de ir a conciertos en Los Ángeles y ver a aquellas jóvenes punkies de las que me enamoraba de inmediato. Estaban llenas de vida. No se parecían a nadie que yo conociera. Eran arrogantes, nada les importaba una mierda, eran estupendas”, explicaba Jaime Hernandez en una entrevista de 1989 (‘The Comics Journal’ # 126) sobre la fuente de inspiración de sus personajes femeninos. Pero la historia de sus “locas” había comenzado unos años antes.
En 1981, el panorama del cómic alternativo norteamericano era prácticamente inexistente. Después de su explosión a finales de los sesenta y comienzos de los setenta –con Robert Crumb, Gilbert Shelton, Spain Rodriguez y otros autores-, la llama del cómic underground parecía haberse extinguido. O hacías superhéroes para Marvel o los hacías para DC, no había mucho más donde elegir. Ese año, tres hermanos californianos de apellido Hernandez, Mario, Gilbert y Jaime, hijos de emigrantes mejicanos y aficionados al punk, decidían autoeditarse un tebeo al que llamaron ‘Love & Rockets’; un año después pasaba a ser editado por Fantagraphics, la pequeña editorial de Seattle responsable de la prestigiosa revista téorica ‘The Comics Journal’ (el nombre de ‘Love & Rockets’ sería copiado en 1985 por el grupo musical homónimo; fue curiosamente el británico Alan Moore, admirador de la revista, quien se la descubrió a los ex-miembros de Bauhaus; los hermanos Hernandez, cuenta Jaime, no les demandaron porque no tenían dinero para pagarse las costas del abogado). ‘Love & Rockets’ traía consigo temáticas y formas renovadoras, y pronto se convirtió en la punta de lanza de un nuevo cómic alternativo: en años posteriores, otros talentos emergentes se sumaron al catálogo de Fantagraphics, autores como Daniel Clowes, Peter Bagge, Charles Burns o Chris Ware, y también al de nuevas editoriales independientes: Chester Brown, Seth, Joe Matt, Joulie Doucet...
Pero volvamos a los pioneros de esta new wave, los tres hermanos Hernandez. Si la participación de Mario en ‘Love & Rockets’era inconstante, y Gilbert alias Beto desarrollaba la memorable saga de “Palomar”, Jaime se centró en la serie más tarde bautizada como “Locas”, cuya primera etapa (1981-1996) ha sido recopilada recientemente por Ediciones La Cúpula en tres volúmenes. Jaime Hernandez (Oxnard, California, 1959) era un joven tímido que idolatraba a las mujeres, a las que consideraba “visiones de la belleza”. Había crecido, igual que sus hermanos, leyendo tebeos de todo género a los que su madre y Mario, el mayor de seis hermanos, eran aficionados: de “Daniel el travieso” a los cómics de “Archie”, de los superhéroes de Jack Kirby o Steve Ditko a la revista satírica ‘MAD’ y el underground de Crumb, influencias muy dispares que más tarde se manifestarían en el eclecticismo de su estilo. Jaime fue el único de la familia que cursó estudios académicos, y puede que por eso –o puede que no- haya resultado un dibujante tan virtuoso, algo que demostró desde sus primeras entregas en ‘Love & Rockets’. En ellas, unas historietas disparatadas donde casaba género romántico y fantástico –había naves, dinosaurios, mecánicas “prosolares” y superheroínas-, se presentaba a sus jóvenes protagonistas, Maggie Chascarrillo y Hopey Glass, mujeres desinhibidas y de carácter que además eran latinas, como su autor.

De forma paulatina y paralela a la evolución de su dibujo, un claroscuro progresivamente más sintético y depurado, Jaime fue prescindiendo de lo fantástico para anclar su relato en el imaginario barrio chicano de Hoppers. Sus historias urbanas, cada vez más costumbristas aunque sin abandonar del todo ciertos elementos mágicos y míticos, se vieron entonces inundadas por la vida “loca” de jóvenes punks, por pandillas de “cholos” y “cholas”, conciertos de rock y líos amorosos. Este modelo cristalizó en “La muerte de Speedy” (1986-87), una compleja saga de enfrentamientos sentimentales y pandilleros donde la muerte hizo su aparición, aunque no de la forma esperada. Desde entonces, Jaime no hizo sino progresar hasta convertirse en uno de los historietistas contemporáneos más importantes del mundo: cada vez más arriesgado en sus recursos narrativos, abrazando una narrativa fragmentaria y no lineal, a menudo saltando atrás y adelante en el tiempo sin avisar al lector. A finales de década, Maggie y Hopey habían sido amantes y se habían separado varias veces; habían vivido en la calle, tocado el bajo en un grupo –Hopey- e incluso estado en chirona. Alrededor, un continuo ir y venir de secundarios tan desnortados y desarraigados como ellas.

Hasta entonces, todos los tebeos de Jaime se habían publicado en ‘Love & Rockets’, salvo los cuatro números que dibujó con guiones de Mario y Beto para la serie retrofuturista “Mr. X” (Vortex, 1984; Norma, 2006). Sin embargo, tras alcanzar en 1996 el número 50 de ‘Love & Rockets’, los Hernandez decidieron cerrarla y publicar por separado.
Mientras Beto se dedicaba a varios proyectos al margen de “Palomar”, Jaime continuó con sus “Locas”, a menudo centrándose en personajes secundarios: es el caso de sus luchadoras de wrestling mejicano en “Whoa, Nellie!” (1996, Fantagraphics), de su incursión en el color con “Maggie & Hopey color fun” (1997, Fantagraphics) y de la sobresaliente “Penny Century” (Fantagraphics, 1997-2000; La Cúpula, 2004-2005), una colección de historias de registro gráfico y tratamiento narrativo variables que contaba con la participación estelar de una de las secundarias más potentes de “Locas”, Penny Century, un pendón que se había casado con un millonario -que tenía, literalmente, cuernos en la cabeza- y aspiraba a ser una superheroína.

Beto y Jaime volvieron a reunirse para iniciar el segundo volumen de ‘Love & Rockets’ (Fantagraphics, desde 2001), y ahí prosiguen desde entonces las vidas de “Locas”. El tiempo ha pasado y Maggie, antaño una joven punkie, ha engordado, se ha casado y divorciado, es cuarentona, trabaja de portera en unos destartalados apartamentos, no puede dejar de querer a Hopey. No hace mucho le preguntaban a Jaime Hernandez, casado y padre de una hija, si creía que después de realizar “Locas” durante tantos años entendía mejor a las mujeres, una virtud que siempre le han atribuido sus lectoras. “No. Todavía me siguen pareciendo las criaturas más misteriosas de la Tierra”, respondió.
